UN CAMBIO DE PIEL
Publicado en Tácticas el 29 de Febrero, 2008, 9:01 por TEYMA
¿Te has quedado anticuado? ¿Notas que tu volumen de negocio está
estancado? ¿Quieres dar otro uso a tu producto o entrar en un segmento
de mercado nuevo? ¿Estás en crisis? Si las respuestas son afirmativas,
ha llegado el momento de rediseñar tu oferta para ajustarla a los
nuevos tiempos. ¡Actualízate! Todo producto, negocio o servicio tiene un ciclo de vida marcado por su nacimiento, crecimiento, madurez y declive. No reaccionar a tiempo en esta última etapa, puede marcar la diferencia entre echar el cierre o sobrevivir con éxito. Lo difícil para muchos emprendedores es saber cuándo se encuentran en esta fase y cuándo deben plantearse el rediseño de su oferta. Anticípate al mercado Otros expertos consideran que nunca se debe cambiar por cambiar. “No hay que tocar un diseño cuando funciona mejor que los demás. Es necesario ser prudente y no confundir rediseñar con estar preparados para hacerlo, si llegara el caso”, señala Marcos Gómez, profesor de Innovación de Esade. ¿Cada cuánto tiempo hay que plantearse el diseño de un producto? Lo cierto es que no hay una única respuesta a esta pregunta. Depende de muchos factores. Por un lado, en cada sector existe un ritmo de cambio diferente en función de la personalidad del público al que nos dirigimos: los hay más tradicionales (poco dados a cambios) y otros que son más dinámicos (más proclives a las modificaciones). En cualquier caso, como defiende Luis Echanove, profesor del Área de Comunicación de EAE, “el emprendedor debe vigilar de cerca al consumidor y anticiparse a sus cambios de motivación”. En líneas generales, “el público termina por acostumbrarse a un ritmo de cambios determinado, que se acaba convirtiendo en una exigencia, de manera que si no se mantiene, la imagen de marca queda anticuada”, reflexiona Marcos Gómez. Elabora tu propia sintonía Tampoco hay que olvidar el papel que juega la empresa líder de cada sector. A veces, el rediseño que ésta hace de sus productos provoca que el resto de las compañías hagan lo propio. “Pasó con las empresas de sistemas de seguridad. Cuando el líder europeo incorporó la tecnología digital, empezaron a rediseñar sus productos incorporándola”, continúa Gómez. Fíjate en los síntomas El producto se queda desactualizado. Puede ocurrir que siga manteniendo unos buenos niveles de venta, pero que nos encontremos con que su diseño se está quedando anticuado para los gustos de nuestros clientes. “Es verdad que hoy en día el consumidor está mucho más formado y tiene más acceso a la información. Esto nos obliga a actualizar el producto de forma permanente”, dice Denise Attardi, profesora de ISM. Atonía de la marca. Otro momento para plantearse un
cambio es cuando se desaceleran las ventas. “Muchas empresas se dan
cuenta tarde de lo que tienen que hacer. Cuando quieren reaccionar ya
es tarde y ha aparecido alguien que les ha robado el sitio”, se lamenta
Javier Rovira. Eso es lo que le sucedió a Patrico cuando apareció
Studio Line, de L’Oreal. Movimientos de la competencia. Cuando ésta se mueve, te mueve a ti y debes fijarte en cualquier señal para reaccionar. Un caso reciente es del sector del whisky en el que, curiosamente, tres marcas señeras como Dyc, JB o Cutty Sark han rediseñado sus ofertas casi al mismo tiempo. El sector no crece o lo hace a un menor ritmo que el del mercado. “Si yo tengo claro sobre qué grupo de clientes tengo que actuar y detecto unas posibilidades de alineamiento que no estoy aprovechando, estoy perdiendo un coste de oportunidad tremendo”, insiste José Vila. Y pone un ejemplo: “Tengo un producto de consumo masivo que va bien, pongamos el caso de unos snacks o aperitivos, pero si me detengo a analizar a mis consumidores, veré que en realidad es un grupo muy heterogéneo al que puedo segmentar diferenciando packaging, canales de distribución, valores… No aprovechar esta pluralidad es perder costes de oportunidad”. Cuando los distribuidores te dicen que no rota igual. Las que no se rediseñan nunca
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Los ojos de medio mundo están puestos en Liechtenstein, un
microestado (casi doce veces más pequeño que la provincia española de
menor superficie, Guipúzcoa, o casi cuatro veces menos que la ciudad de
Madrid), ubicado entre Suiza y Austria. Su única fama: ser uno de los
pocos paraísos fiscales europeos.